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Auquinco, agua que suena en Mapudungun, puede ser un ojo de agua, un caudal, un arroyo, la mar, una lágrima, agua estancada, el movimiento, migrar.

Esta muestra plástica, cobijada bajo ésta palabra y concepto hace parte de un archivo fotográfico que se ha venido alimentando a partir del año 2013, con imágenes cargadas de cientos de kilómetros en la ruta de huida en la que ha venido transitando quien toma estas fotografías y quien parece hacer de la contemplación, un ejercicio vital.

Las fotografías aquí contenidas, son una evidencia del movimiento y un préstamo de la mirada voyerista de quien registra con cautela los modos humanos y su relación con el agua, ésta entendida como primer principio y materia originaria de la que surgen todas las realidades que componen todas las existencias. El agua presente desde la primer capa de piel –el estrato córneo‒ a los tallos y las emociones impulsadas por los mismos ciclos lunares que agitan la marea en las costas. El agua como el vacío que nos sostiene.  El vacío, gris por su estado a la deriva permanente. La deriva nunca es quieta. En las cárceles pintan las paredes de gris para aniquilar la imaginación de las personas presas, aún así, para que el gris pueda existir, la luz y su antítesis se tienen que entrelazar como piezas que se necesitan. El vacío no reafirma, niega. Y desde la negación, fotografiar porque la belleza merece su lugar. 

 

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Este viaje, intermitente, interrumpido e insoslayable, hasta el momento, por Abya Yala,  ha acercado a la cámara y al cuerpo que la obtura a diversos metros sobre el nivel del mar, a la arena caliente de cualquier playa del Pacifico a medio día, al bosque alto andino y el calor que mantiene una piedra a la orilla de un río. La cámara se acerca a un pozo de agua destinado al riego de cultivos y hace de la huida un manifiesto visual aquí contenido.  

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